
COSTA RICA.
Apenas he viajado fuera de mi país en toda mi vida. Muy pocas veces, sólo en busca de realizar mis sueños, de libertad, a la lejana África, entusiasmado como un niño. Mi trabajo se ha basado en plasmar la Naturaleza que conozco, la del país en qué nací y en el que siempre he vivido. Aquí mis imágenes resultan de utilidad y pueden cumplir muchas funciones.
Sin embargo conocía Costa Rica por imágenes llenas de color, animales pintados por la imaginación de un niño, flores imposibles, paisajes verdeantes y húmedos, llenos de vida. Aún así no había sentido el impulso por viajar a adentrarme en sus secretos.
La propuesta de realizar un reportaje sobre su biodiversidad llegó en su justo momento, tan imprevisto como inevitable, como tantas cosas que suceden. Mi cometido en un primer momento fue el de contactar con el equipo humano que debía realizar los reportajes. Personas de gran valía, con visiones propias y aventajadas. A todos ellos los conocía previamente y a todos hubiera podido avalar en caso de haber sido necesario. Estaba muy seguro de que la diversidad del equipo aportaría un gran resultado. Eduardo es un fotógrafo de gran adaptabilidad, capaz de resolver complejas e imprevistas situaciones, con su fuerte en el reportaje, tal vez el único de nosotros capaz de mostrar con cierta profundidad el lado humano del país. Isabel es una fotógrafa con un gran sentido estético, con un profundo espiritualismo, o mejor dicho animismo, que transmite a sus imágenes. Sus paisajes muestran sus sensaciones nítida y honestamente. Cristóbal, si se me permite decirlo, es un fruto de mi propia escuela, de mis ideales estéticos, llevados incluso un paso más adelante. Sus imágenes reflejan también mi mundo, por lo que me transmite la sensación de que está a salvo y sigue creciendo aunque yo no esté, lo que me hace feliz.
Sinceramente debo decir que conocía el resultado de esta experiencia tan loable antes de haberse llevado a cabo. Podía imaginarlos perfectamente, las cosas de la edad. Y tengo esa misma sensación por parte de Miguel Albero, aunque de nada nos conocía. La confianza fue la moneda de cambio, tan antigua como fiable: un pacto entre caballeros. Y después fue la exquisitez en el trato, hasta el final de esta original, magnífica, inolvidable oportunidad y experiencia. Es la sensación en voz alta de todo el equipo de fotógrafos.
El trabajo de documentar la biodiversidad de la mítica Costa Rica se dividió en dos fases. En la primera Cristóbal y yo formamos equipo, de mutuo acuerdo, de forma que el trabajo conjunto pudiera proporcionar aquellos resultados que no podríamos obtener individualmente. Nuestro objetivo declarado era documentar la diversidad animal, tantas especies como pudiéramos, con tantas técnicas como fuera posible.
En el propósito contamos con la ayuda de la empresa Foto Verde, que puso a nuestra disposición guías de gran valía como Yehudi Hernández o Greg Vasco. Una parte de las imágenes, sobre todo las de pequeño tamaño (anfibios, reptiles, invertebrados), se fotografiaron en estudios improvisados, tanto en interiores como en exteriores, con un complejo montaje de fondos, flashes, difusores, que iluminaban escenarios cuidadosamente recreados y basados en la biología de cada especie. La productividad resultaba muy alta y la estética era la deseada. Los animales eran ejemplares que se mantenían en cautividad en diversos centros o bien libres y se fotografiaban improvisadamente.
Apenas he viajado fuera de mi país en toda mi vida. Muy pocas veces, sólo en busca de realizar mis sueños, de libertad, a la lejana África, entusiasmado como un niño. Mi trabajo se ha basado en plasmar la Naturaleza que conozco, la del país en qué nací y en el que siempre he vivido. Aquí mis imágenes resultan de utilidad y pueden cumplir muchas funciones.
Sin embargo conocía Costa Rica por imágenes llenas de color, animales pintados por la imaginación de un niño, flores imposibles, paisajes verdeantes y húmedos, llenos de vida. Aún así no había sentido el impulso por viajar a adentrarme en sus secretos.
La propuesta de realizar un reportaje sobre su biodiversidad llegó en su justo momento, tan imprevisto como inevitable, como tantas cosas que suceden. Mi cometido en un primer momento fue el de contactar con el equipo humano que debía realizar los reportajes. Personas de gran valía, con visiones propias y aventajadas. A todos ellos los conocía previamente y a todos hubiera podido avalar en caso de haber sido necesario. Estaba muy seguro de que la diversidad del equipo aportaría un gran resultado. Eduardo es un fotógrafo de gran adaptabilidad, capaz de resolver complejas e imprevistas situaciones, con su fuerte en el reportaje, tal vez el único de nosotros capaz de mostrar con cierta profundidad el lado humano del país. Isabel es una fotógrafa con un gran sentido estético, con un profundo espiritualismo, o mejor dicho animismo, que transmite a sus imágenes. Sus paisajes muestran sus sensaciones nítida y honestamente. Cristóbal, si se me permite decirlo, es un fruto de mi propia escuela, de mis ideales estéticos, llevados incluso un paso más adelante. Sus imágenes reflejan también mi mundo, por lo que me transmite la sensación de que está a salvo y sigue creciendo aunque yo no esté, lo que me hace feliz.
Sinceramente debo decir que conocía el resultado de esta experiencia tan loable antes de haberse llevado a cabo. Podía imaginarlos perfectamente, las cosas de la edad. Y tengo esa misma sensación por parte de Miguel Albero, aunque de nada nos conocía. La confianza fue la moneda de cambio, tan antigua como fiable: un pacto entre caballeros. Y después fue la exquisitez en el trato, hasta el final de esta original, magnífica, inolvidable oportunidad y experiencia. Es la sensación en voz alta de todo el equipo de fotógrafos.
El trabajo de documentar la biodiversidad de la mítica Costa Rica se dividió en dos fases. En la primera Cristóbal y yo formamos equipo, de mutuo acuerdo, de forma que el trabajo conjunto pudiera proporcionar aquellos resultados que no podríamos obtener individualmente. Nuestro objetivo declarado era documentar la diversidad animal, tantas especies como pudiéramos, con tantas técnicas como fuera posible.
En el propósito contamos con la ayuda de la empresa Foto Verde, que puso a nuestra disposición guías de gran valía como Yehudi Hernández o Greg Vasco. Una parte de las imágenes, sobre todo las de pequeño tamaño (anfibios, reptiles, invertebrados), se fotografiaron en estudios improvisados, tanto en interiores como en exteriores, con un complejo montaje de fondos, flashes, difusores, que iluminaban escenarios cuidadosamente recreados y basados en la biología de cada especie. La productividad resultaba muy alta y la estética era la deseada. Los animales eran ejemplares que se mantenían en cautividad en diversos centros o bien libres y se fotografiaban improvisadamente.







