
Desde Corcovado fui a Liberia, donde me esperaba Eduardo Blanco. Un frente frío entró por el Caribe afectando a todo el país. En un día en el que muchos vuelos se suspendieron por el fuerte viento, yo despegué y aterricé en 5 ocasiones. Fue una experiencia inolvidable, en la que demostré una fe ciega en la pericia de los pilotos. Los tres días siguientes fueron los más complicados del viaje. Muchos senderos del Rincón de la Vieja estaban cerrados por el fuerte viento, el río Celeste de Volcán Tenorio bajaba muy crecido por las fuertes lluvias sin mostrar rastro de su precioso color turquesa, y las habituales nieblas de Monteverde fueron sustituidas por un sol intenso. Resultaba frustrante no disponer de las condiciones meteorológicas apropiadas para ensalzar la belleza de estos lugares; aunque por otra parte, resultaba estimulante esforzarse por conseguir algunas fotografías que mereciesen la pena.
Antes de despedirnos, Eduardo y yo presentamos parte de nuestro trabajo fotográfico en la Universidad Veritás de San José, un edificio moderno y diáfano donde tuvimos una cálida acogida tanto por los alumnos como por los profesores del centro. Esa última noche la dedicamos a recordar anécdotas. Sólo habíamos estado fotografiando 3 días juntos, sin embargo, teníamos la sensación de haber compartido mucho más tiempo. Al día siguiente Eduardo regresó a España y yo fui al parque nacional Manuel Antonio. Durante el día recorrí todos los senderos que atraviesan este pequeño y hermoso enclave, buscando localizaciones para fotografiar el atardecer. Todo tenía que estar preparado para la hora mágica, porque en los trópicos el ocaso es increíblemente fugaz, lo cual deja poco margen a la improvisación. Elegí unos troncos varados en la arena, la vegetación de la orilla y unos islotes a contraluz como protagonistas de mis fotografías.
Una vez de regreso en San José hice una valoración de las fotografías realizadas hasta el momento y decidí sobre la marcha visitar la Estación Biológica La Selva para trabajar más la vegetación, el parque nacional Braulio Carrillo para fotografiar el encuentro entre los ríos Sucio y Hondura, y el Volcán Poás como único representante de los numerosos volcanes del país.
Finalmente, alcancé mi objetivo inicial de fotografiar el rostro salvaje de las playas, los gigantes de los bosques, el cromatismo de los ríos y el pulso de los volcanes, aportando una visión muy parcial de la riqueza paisajística del país, pero a la vez variada dentro de mis posibilidades. Fotografiar en los trópicos supone luchar contra el calor, la humedad, la lluvia, los mosquitos, las hormigas, las garrapatas y una larga lista de incomodidades. Sin embargo, todo ello hace que la experiencia sea aún más intensa, más real, la vida se siente en cada poro de la piel. Costa Rica es Pura Vida.
Antes de despedirnos, Eduardo y yo presentamos parte de nuestro trabajo fotográfico en la Universidad Veritás de San José, un edificio moderno y diáfano donde tuvimos una cálida acogida tanto por los alumnos como por los profesores del centro. Esa última noche la dedicamos a recordar anécdotas. Sólo habíamos estado fotografiando 3 días juntos, sin embargo, teníamos la sensación de haber compartido mucho más tiempo. Al día siguiente Eduardo regresó a España y yo fui al parque nacional Manuel Antonio. Durante el día recorrí todos los senderos que atraviesan este pequeño y hermoso enclave, buscando localizaciones para fotografiar el atardecer. Todo tenía que estar preparado para la hora mágica, porque en los trópicos el ocaso es increíblemente fugaz, lo cual deja poco margen a la improvisación. Elegí unos troncos varados en la arena, la vegetación de la orilla y unos islotes a contraluz como protagonistas de mis fotografías.
Una vez de regreso en San José hice una valoración de las fotografías realizadas hasta el momento y decidí sobre la marcha visitar la Estación Biológica La Selva para trabajar más la vegetación, el parque nacional Braulio Carrillo para fotografiar el encuentro entre los ríos Sucio y Hondura, y el Volcán Poás como único representante de los numerosos volcanes del país.
Finalmente, alcancé mi objetivo inicial de fotografiar el rostro salvaje de las playas, los gigantes de los bosques, el cromatismo de los ríos y el pulso de los volcanes, aportando una visión muy parcial de la riqueza paisajística del país, pero a la vez variada dentro de mis posibilidades. Fotografiar en los trópicos supone luchar contra el calor, la humedad, la lluvia, los mosquitos, las hormigas, las garrapatas y una larga lista de incomodidades. Sin embargo, todo ello hace que la experiencia sea aún más intensa, más real, la vida se siente en cada poro de la piel. Costa Rica es Pura Vida.







