Costa Rica Objetivo Pura Vida


PRESENTACIÓN

Recuerdo perfectamente aquella tarde de diciembre en la que recibí un correo electrónico mediante el cual el Consejero Cultural de la Embajada de España en Costa Rica, Miguel Albero, me invitaba a participar en el proyecto ‘Objetivo Pura Vida’. Un torbellino de sensaciones se desató dentro de mí. Costa Rica es sinónimo de vida y de biodiversidad, de todo aquello con lo que un fotógrafo de naturaleza sueña. Mi viaje mental comenzó instantes después de leer las primeras líneas, a través de un visor imaginario realizaba las primeras fotografías, mientras entusiasmada, intentaba terminar de leer la carta. Sin embargo, pronto me invadió una sensación de vértigo, de incertidumbre ¿sería capaz de plasmar en tan solo diez días una mínima parte de la belleza de aquel paraíso? No tenía respuesta para esta pregunta, pero el reto que suponía intentarlo despertó mi deseo de superación.

Llegó el momento de preparar el viaje, de elegir entre el Pacífico y el Atlántico, entre las cordilleras o las llanuras, entre los humedales, los volcanes, los ríos o las playas, entre el bosque lluvioso, el seco o el nuboso. Seleccionar unos pocos lugares entre la gran diversidad de hábitats del país fue una tarea difícil. Compré un buen mapa de carreteras, un par de guías de viaje, un libro de los parques nacionales y busqué información en Internet. En mi cuaderno de notas tracé diferentes itinerarios tratando de buscar una ruta que me permitiese registrar una amplia variedad paisajística: costa, bosques, ríos y volcanes. Poco a poco el viaje cobraba forma, y tan solo dejé sin programar los tres últimos días, con la intención de tener un margen de reacción ante los posibles contratiempos. La puesta a punto y selección del equipo fotográfico también fue una parte importante de los preparativos. Finalmente, una cámara digital SLR, tres objetivos, un trípode y una larga lista de complementos entraron a presión en la mochila, 15 kilogramos que prácticamente no se separaron de mi espalda durante todo el viaje.

Casi sin darme cuenta llegó el día de mi partida. Tras un largo vuelo tomé tierra en el Aeropuerto Internacional Juan de Santamaría. Al bajar del avión y dar mis primeros pasos en suelo tico tuve una sensación extraña, me sentí frágil y vulnerable al pensar que mi casa estaba a 8.500 km de distancia. Sin embargo, la primera conversación con la amable gente de San José consiguió desvanecer todos mis miedos, era feliz por tener el privilegio de estar en Costa Rica.

Corcovado fue mi primer destino. Una avioneta me esperaba en Puerto Jiménez para trasladarme a la Estación de Sirena. A diferencia de otros parques nacionales, aquí pasaría dos días completos. Este recóndito lugar desprende una atmósfera salvaje indescriptible. Los monos aulladores me alertaban de la llegada del alba, de que era el momento de descubrir las pisadas de los tapires en la arena de la playa mientras buscaba los mejores encuadres. Sin embargo, no tuve suerte en los amaneceres. El esplendor de los lugares, incluso el de los más bellos como éste, se manifiesta a través de la luz, ella es la que tiene el poder de definir el espacio y controlar el color, y no fue hasta la tarde del segundo día cuando se dieron las condiciones que yo buscaba: el sol abriéndose paso a través de un cielo plomizo cargado de nubes.